lunes, 29 de octubre de 2012

turismo en la vejez

El turismo como cultura de la vejez


El turismo como cultura de la vejez


El turismo de la vejez, tal como lo hace INSERSO, llega a veces a la caricatura. Introducir en un autocar a un grupo de jubilados, hacerles viajar más de cincuenta kilómetros, darles de comer comida de restaurantes de «colesterol», etc., no deja de ser una propuesta primitiva, pensada para jubilados de áreas rurales que nunca han visto ciudades ni playas, para los que la salida de su medio rural se justifica a sí misma.
La primera dimensión del turismo de la vejez pasa por elaborar su utopía, el lugar a donde quieren «escapar». En el mundo adulto, inserto en el marco laboral, está claro cual es el diseño proyectivo de la utopía: «irse de viaje» para reencontrar un tiempo de libertad lejano al tiempo reglamentado de lo laboral, y un espacio natural, de vivencia sensorial que se ejemplifica con islas como Hawai, Mallorca, Seychefles, cte. ¿Hacia dónde quiere ir el jubilado, en su proyección turística?
El mundo en el que vive el jubilado no es un mundo de libertad, aunque sea un mundo de tiempo libre. De entrada, la pensión es un sueldo diezmado y ha restringido notablemente la movilidad del consumo. Situado en una posición de tiempo libre en una sociedad en que la libertad se mide por el orden adquisitivo, poco más puede hacer que pasear y entrar en los lugares en los que no hay que pagar. A la limitación económica la acompaña la limitación corporal: achaques, decadencia sexual, control del régimen alimenticio, vista cansada, etc., dibujan un panorama de ocio cercano al aburrimiento. Marcharse pues, a otra parte, soñar con una escapada turística es casi lo mismo que negarse esta realidad. Un ejemplo puede darnos la pista:
Acompañé a un grupo de jubilados de Bilbao a Benidorm para una estancia de dos semanas. Mi propósito era acompañarles «etnográficamente» en el traje (turismo proyectivo) y volver a etnografiarles en un viaje de vuelta, al final de la estancia. Fueron más de siete largas horas de autocar con algunas breves paradas para «estirar las piernas» e ir al WC, una más prolongada parada para comer El relato de ida podría resumiese así a los viudos, sus hijos les habían dado infinitos consejos (tomarse las pastillas, vigilar las comidas, no hacer excesos, caminar un par de horas, llamar por teléfono cada dos o tres días, cuidar su ropa, etc., etc.). A los casados, la mujer se encargaba de «controlar» a los honores y de repetir las consignas de las hijas. A la vuelta, los más reacios a volver fueron los solteros y algunos se quedaron. Encontraron agradable el ambiente de Benidorm en la temporada baja turística (a la que van los jubilados). Se olvidaron de los medicamentos o los tomaron de forma irregular, abusaron un poco de la comida y se fueron tarde a la cama. Todos valoraron de forma positiva el descontrol y el no estar vigilados por sus familiares, pero sobre todo lo que les llenó de gozo fue la libre amistad con nuevos conocidos y con nuevos amigos/as en parejas de baile, paseos, tertulias o comida.
Benidorm fue una utopía de libertad, de un cierto descontrol y exceso, de rotura de los tiempos de orden familiar (horarios, cuidado médico, etc.), de iniciativa y creatividad, de nuevas amistades. Casi todos decidieron volver y estar más tiempo, contaron «aventuras» a sus amigos de Bilbao, los cuales se animaron a viajar al año que viene para «ver qué habla por allí».
La utopía turística no consiste en programar un viaje como un deber más, como algo ritual que hay que hacer, sino en ensoñar la libertad, frente al aburrimiento o a la muerte, frente a la soledad y la decadencia.
El turismo representa, en este sentido, una elaboración del deseo (proyectando la escapada, imaginando la conquista, Fusionando la vida cotidiana), una estancia de fiesta, descontrol parcial, sensación de libertad y goce corporal, y un tiempo de regreso con sensaciones que tardarán en borrarse y que alimentarán nuevos deseos.

 

3ª Edad